domingo, 8 de diciembre de 2019

intento de poema


*


algún día volveré a escribir
sobre la luz del jazmín
sobre la casa habitada por
el viento del mar.

durante miles de meses mudé
de piel. acepté
la pérdida
el dolor de irse, de irme,
de pujar un parto ajeno de sesenta años
en el que nací y morí
a las pocas horas, o días,
no recuerdo, trazando así
un mapa de muertes sucesivas y resurrecciones.



(debí haberla llevado a la orilla,
debió haber mojado sus pies viejos y doloridos en la sal,
pero ninguna se atrevió al esfuerzo.)




y de otro parto, en el que
dí a luz y morí años después.
morí de parto, morí de la pérdida
ya nacida, aunque yo qué sabía.

(debí haberla bautizado
en la espuma perfumada de la mañana,
para que supiera de su nombre y de cómo alejar el mío.)



muertes, duelos y resurrecciones; muertes, duelos y resurrecciones.



algún día mis ojos volverán
tal vez
a ver la poesía en lo cotidiano,
en el proceso sencillo de vivir.

y hoy es diciembre
y sigo arrancándome a
tiras la piel seca que transito,
la piel de tres mujeres,( yo en medio,
desangrada.)

el jazmín huele con fuerza en el patio
el viento del mar sopla aunque yo lo ignore.
ojalá
me alancen su bruma y su humedad,
su color verde, su llovizna iluminada.


*




sábado, 28 de septiembre de 2019

De cuando Silvia atravesó el espejo (o se perdió)

*

El 27 de septiembre de 1979 nacieron nuestros mellizos, vieron la luz del quirófano, oyeron la música rock que sonaba en una radio, y los aplausos del médico y sus asistentes a las 13,01 y 13,03 hs de un jueves luminoso.


Fue una tarde caótica, de visitas, llantos, pañales (de tela!), disputas entre cuál abuela sostenía o acunaba a cuál bebé, hasta que hizo su entrada el pediatra, y mandó a todos a sus casas, porque la mamá que acababa de parir y el debutante papá necesitaban intimidad. Antes de cerrar la puerta, miró a los bebés. Señaló al más pequeño y me dijo: este chiquito te va a volver loca. Por qué? pregunté. Son años, dijo. Y salió. (Y no se equivocó)
La noche continuó caótica. Ignacio, el que nos volvería locos, fue puesto en una cuna térmica, porque perdía temperatura, y Federico no paraba de llorar- A mitad de la noche, casi madrugada, volvió el pediatra. Basta de tetas vacías, traigan mamaderas! Son dos bebés para alimentar! gritó el petiso idéntico a Dany de Vito a las enfermeras, que me habían torturado por horas con el bla bla bla de la lactancia materna y lastimando mis tetas vacías- Gotas de Factor AG para el gordo y abrile le boca al chiquito, porque aún no controla los reflejos, me dijo. Y así se llamaron hasta dejar la clínica, Gordo y Chiquito.
No recuerdo mucho del día siguiente, salvo que me adormilaba de a ratos, y en uno de esos momentos alguien dio mamaderas a los bebés, creo que mi madre; y una voz me dijo que habían mandado a Roberto a dormir- Recuerdo también ver acercarse lentamente a mi suegro al borde de mi cama y acariciarme la cabeza. Un capo mi suegro. El abuelo Manuel.
Esa noche me levanté. Increíblemente los bebés dormían, y su papá también. Fui al baño, me higienicé por mis propios medios, me lavé el pelo en la pileta del lavatorio, los dientes; y entonces mis ojos dieron en el espejo. No había prendido la luz del baño, sino una tenue luz amarilla de un antebaño. Siempre fui medio gatuna, siempre tuve visión nocturna. Entonces fue cuando me vi. Cuando vi a Silvia. A una Silvia que no era yo. Los ojos de mi abuela Edel me miraron desde el espejo. Me toqué la cara, que era la de mi padre, palpé mi nariz, a medias entre la de mi madre y mi padre. Y me asusté. Y supe que me había ido muy lejos, a algún lugar del que ya no volvería. Estaba perdida. Esa Silvia de 22 años que un día antes tenía la panza del tamaño de un globo terráqueo y los pies de un elefante, se había ido.
Sentí un ruidito, de esos que hacen los bebés. Contuve el llanto y el miedo y salí del baño. Chiquito (Nacho, vamos), se movía y cambiaba solo de posición. Tiene reflejos! se alegró esta Silvia, la recién llegada desde el espejo. Lo alcé, bien abrazado para que no perdiera calor, y pensé: vive, va a vivir- Lo separé un poquito de mi pecho y lo miré. Tenía cara de adulto y una mata de pelo colorado, al contario de su hermano, moreno claro y redondito, absolutamente bebé, tibio, algodonoso, morfable, parecido solamente a él mismo, como la mayoría de los bebés.
Tengo un nene zanahoria, pensé, flaquito y colorado.Hubo algo, una fuerza, un empuje, que me mandó otra vez al baño, al espejo. Apoyé su cara diminuta a la mía y nos miré. Sentí su maravilloso calorcito, y en medio de esos movimientos musculares, payasescos, que hacen los peques muy peques, vi en la carita de mi hijo a mi suegro, a mi esposo, a mi abuela paterna...y a mí. A mí de ese momento. A esa Silvia que había atravesado el espejo.
Y la otra Silvia, nunca supe qué fue de ella. Al instante, Gordo (Fede, vamos), rompió a llorar desaforadamente, y la jovencita de 22 años, embarazada, con toda la fama a cuestas de ser la futura mamá de los mellizos (tener dos bebés juntos te da una fama que ni Brad Pitt), se fue, no sé a dónde, y me dejó sola, perdida con mi bebé zanahoria en brazos, viendo saltar a mi esposo a acunar a Gordo, que lloró y lloró y lloró por el resto de la noche.
Y, mientras escribo esto, a cuarenta años de aquel momento, recuerdo una frase de un personaje de Winterson, que me va de diez: “Por qué la pérdida es la medida del 
amor?-

*

miércoles, 9 de mayo de 2018

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Mayo, 2018:

Hace tiempo que no escribo.
Hay un agua impertinente
acechando, borrando
cada probable verso.
Este otoño mi vecina Tsu Ling
no regaló crisantemos en su verdulería,
como aquel, rojo,
que me alegró otro mayo.
Queda el consuelo del mar a
veinte cuadras, pero llueve tanto...

Tanto.

Tanto.




viernes, 13 de abril de 2018

viernes, 23 de junio de 2017

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invisible sombra
agua del tiempo

acero

vacío el cuerpo
estalla en el aire

herida llena de plumas
absurda paloma que acaricio

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viernes, 10 de marzo de 2017

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necesito
recordar el estupor
que me causaban sus palabras
dolorosas // dolidas? dolientes ?
necesito
contar el miedo pequeño, asfixiante de las noches de verano,
exorcizado por las luciérnagas del jardín, algunas veces.
necesito
recordarla esperándome en la plaza, aquel mediodía,
sonriente, bonita, con un vestido nuevo y su pelo sujeto
suave, leve.
necesito
recordarla sonriendo al verme cruzar

y mi delantal almidonado por ella
y mis zapatos lustrados por ella
y mi pelo dorado, rebelde, trenzado por ella
y su impulso hacia abajo para sacar de mi mano
de cuarto grado el peso del portafolios.

se me hace necesario, imprescindible, urgente,
recordar
(contar)
sus únicos momentos de ternura.

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domingo, 7 de agosto de 2016

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escribir sobre esto

sobre septiembre,
cuando la visité por tres días

en la segunda noche
para que su infelicidad
no devorara mis entrañas
la besé y me fui a dormir
pero ni siquiera me acosté
pasé la noche despierta en
el que fue mi cuarto
sentada junto a la ventana,
inmóvil, ingrávida,
con la mínima luz filtrándose
por las mirillas de la persiana,
escuchando pasar los trenes.
cuando empezó a cantar el zorzal
me acosté
y seguí oyéndolo
hasta sobrevivirme


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martes, 24 de mayo de 2016

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llovizna sin brillo desde hace meses
y mi cuerpo expuesto al quehacer cotidiano
(al tacto, al disimulo)
se conduele de sí, se asesina.
trazando curvas, intento evitar el hábitat de la pena,
de la palabra convertida en páramo azul.



(cosas que sé y que callo
destellos de luto en la memoria)



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sábado, 7 de mayo de 2016

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de dos cosas no supe cuidarme.
del rumor de ciertos versos
y de los hijos.



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lunes, 11 de abril de 2016

fotos del incendio


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atónita en la mañana
la última luz del verano resiste
entre los verdes tostándose de abril

tal vez el silencio de un gorrión
que vuela a ras del piso 

tal vez el extrañamiento de una mariposa
anticipando su muerte en la pared
de glicina, tibia aún

tal vez la estupidez amarilla y cotidiana

tal vez yo
tal vez mi voz.



*




domingo, 27 de marzo de 2016

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Ellos llegaron una tarde luminosa
de mayo, o tal vez de junio.
Ocuparon las cuatro calles que
llevaban desde mi casa a la estación.

Cinco días antes alguien, en la oscuridad
de una madrugada helada y azul,
había acribillado a balazos a Luisa y José
mientras dormían, y se llevó a su hijito.
Los vecinos dijeron que alguien les dijo:
Martincito es robado, o prestado, y usado
como escudo familiar de la guerrilla. Los
buenos hombres que llegaron en autos verdes
se lo devolvieron a su mamá verdadera.

Cuando llegaron ellos,
ya estaban enterrados los libros.

Apurate, antes que nos agarre la noche.
Dale nena, dale. Ayudame con la lona.
Ahora el plástico. Ahora dejame a mí.
Las bolsas de compost cayeron sobre
el cadáver iluminado.
Y se cerró el antiguo pozo de agua
con su luna de madera, como siempre.
Guardando el abono para la huerta,
para los tomates y la albahaca del verano.

Golpearon la puerta, ni muy fuerte ni muy suave
y preguntaron a mamá por el señor profesor.
La señorita no cursa hoy? Me avanzó uno de ellos,
rubio, joven, bonito, tan bonito.
Tartamudeé un cursé a la mañana y
Está trabajando, cortó mi madre, con los ojos
oscuros de recuerdo. (qué recordaría mi madre?).

Cinco meses antes, volviendo de un domingo familiar,
el auto verde nos siguió durante todo el trayecto.
A veces nos adelantaba, a veces nos cruzaba,
la mayor parte del tiempo venía detrás.
(Y fue entonces
cuando la memoria hizo arraigo en mí.)
La mitad del cuerpo de mi madre gritaba
hacia afuera, por la ventanilla del Fiat.
mi hermano pequeño no podía siquiera llorar.
Las manos de mi padre eran garras en el volante.
Y había un poderoso cuervo prendido a mi garganta,
aleteando en azul y negro en mi pecho.
Eso, que le dicen miedo.
(La casa abierta, revuelta, violada.
Mis cuadernos.
Y un rumor de soledad inexplicable)



Recorrieron los cuartos, la mano en las cinturas armadas.
Pocos libros tiene la señorita, recién empieza la carrera?
Respiré profundo sin entender.
No salieron al jardín.

Miraron, tocaron, caricia obscena y voluptuosa,
masturbación a cielo abierto, a ver quién la tiene más grande.

Se alejaron en la luminosidad fría del fin de tarde,
en medio de órdenes, portazos y armas.
Mi madre corrió a la escuela a buscar al chiquito.
Vino Mario, también habían estado en su casa.
Yo me supe hermosa, desvergonzada, estúpida.
(Por qué desenchufé mi memoria?)

De allí a hoy todo es confuso.
No sé cómo, ni cuándo, volvió
a abrirse la luna del pozo.
Le pregunto a mi madre, dice que estoy loca.
Que por leer tanto imagino cosas.
Siempre la misma, vos, siempre la misma.
Pero miró hacia la ventana, oscurecidos los ojos.







jueves, 17 de marzo de 2016

domingo, 6 de marzo de 2016

resistencia*




en mi pared medianera, todas las mañanas
al correr las cortinas de mi cocina,
me miran dos torcazas.
pasan largo rato bañándose de sol,
susurrando ese ruidito que para mí,
desde pequeña, muy pequeña, es un canto.
en ese pasado, allá lejos,
mi padre alimentaba a las torcazas
que bajaban a su patio y lo hizo
hasta la mañana antes de morir.

hoy, en un domingo sin sol,
un domingo de vidrios rotos,
un amigo me dice:
“escribir contra el derrumbe, Silvia”.
entonces abro mi archivo, ese que llamé
“variadito”, y encuentro doce versos
que cuentan de mi viejo y de palomas.

pongo música,
me pego a mí misma un sacudón
y, sumando más versos, quitando otros
que son un zafarrancho, escribo.

mientras tanto, empezó a caer una llovizna tenue,
pasó el mediodía, hay olores amables de comidas vecinas
y las torcazas se amucharon en el pino que veo desde aquí.

amuchémonos nosotros, entonces.
cuidemos la casa, que estamos vivos.